RAZONES PARA APRENDER A VIVIR COMO RESUCITADOS

¿Qué significa vivir como resucitados en una nación marcada por la violencia y la desesperanza?

Por Luis Daniel Londoño Silva
Magíster en Violencia Doméstica | Teólogo católico| Comunicador | Escritor

El Domingo de Pascua no es el final de la Semana Santa. Es el principio de todo.

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24, 5)

Colombia sabe mucho de viernes santos. Décadas de guerra, de madres que buscan a sus hijos entre fosas y expedientes, de comunidades enteras que aprendieron a sobrevivir sin esperanza porque la esperanza es un lujo peligroso en tierra de minas y amenazas. Hay una fatiga moral profunda en este país, una especie de Sábado Santo perpetuo en el que se ha aprendido a habitar el silencio del sepulcro sin atreverse todavía a creer que la piedra puede rodar.

El Domingo de Resurrección llegó.  Y con él, una pregunta que lo trastoca todo: ¿Qué significa vivir como resucitados en una nación marcada por la violencia y la desesperanza? No como evasión. No como triunfalismo barato. Sino como testimonio encarnado, transformador y esperanzador de que la muerte no tiene la última palabra.

I. El sepulcro vacío: los evangelios ante la Resurrección

Los cuatro evangelios coinciden en lo esencial con una unanimidad que desafía cualquier lectura reductora: el sepulcro está vacío. Pero cada uno lo narra desde su propia luz, y esa variedad no es contradicción; es riqueza. Es la misma realidad desbordante vista desde distintos ángulos del asombro.

En Marcos, el más antiguo de los evangelios, la noticia cae como un rayo sobre las mujeres que van al sepulcro con aromas para ungir a un muerto. Un joven vestido de blanco —figura de ángel— las confronta con una frase cortante: «Ha resucitado, no está aquí» (Mc 16, 6). Y ellas salen huyendo, temblando, sin decir nada a nadie. Marcos termina —en su versión más primitiva— no con el triunfo ensordecedor sino con el estupor. Es, quizás, la narración más honesta: la Resurrección no se comprende de inmediato; primero produce miedo, desconcierto, silencio. Así nos pasa a nosotros.

«No está aquí; ha resucitado, como él dijo. Venid a ver el lugar donde estaba puesto. E id pronto a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos» — Mateo 28, 6-7

Mateo añade un terremoto, ángeles como relámpagos y guardias que caen como muertos ante la gloria del Resucitado. La Resurrección sacude el orden establecido. En el contexto de una nación donde el poder ha legitimado demasiadas veces la muerte, esta imagen es subversiva: la gloria de Dios no está del lado del sepulcro sellado y custodiado por el Imperio, sino de la vida que irrumpe y tumba a los guardias.

Lucas, por su parte, nos regala el encuentro de Emaús —quizás la narración pascual más pedagógica de todos los evangelios—. Dos discípulos que huyen de Jerusalén con el corazón roto. Han perdido la esperanza. «Nosotros esperábamos que él fuera quien iba a liberar a Israel» (Lc 24, 21). ¡Cuántas voces colombianas resuenan en esa frase! Y el Resucitado se hace compañero de camino, abre las Escrituras, y se da a conocer en la fracción del pan. No aparece en un trono de gloria: aparece al lado del que camina derrotado. Esa es la Resurrección que Colombia necesita reconocer: no en los altares únicamente, sino en el camino, en la mesa compartida, en el acompañamiento mutuo.

Juan, el más contemplativo, regala la escena de María Magdalena en el huerto. Ella llora, lo busca, cree que es el hortelano. Hasta que él la llama por su nombre: «¡María!» (Jn 20, 16). Y ella reconoce al Resucitado en la voz que la nombra. El Dios que resucita es el Dios que nos conoce por nombre. Que no trata a las víctimas como estadísticas ni a los olvidados como cifras. Que busca al que llora y lo llama por su nombre irreductible.

II. Pablo: la Resurrección como fundamento y programa de vida

Si los evangelistas narran la Resurrección, Pablo la piensa hasta las últimas consecuencias. Y lo hace con una urgencia que nace de haberla encontrado en el camino a Damasco: no en un libro ni en una doctrina, sino como presencia que lo derriba y lo rehace.

El capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios es el texto paulino más denso y decisivo sobre la Resurrección. Pablo lo escribe contra una herejía muy real: había corintios que creían en Cristo pero negaban la resurrección de los muertos. La respuesta del apóstol es radical:

«Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana, todavía estáis en vuestros pecados. [...] Pero ahora Cristo resucitó de entre los muertos, primicias de los que durmieron» — 1 Corintios 15, 17.20

La palabra primicias —aparché en griego— es agrícola: la primera fruta que garantiza la cosecha completa. Cristo resucitado no es un caso único, un milagro aislado. Es el inicio de una transformación que arrastra a toda la humanidad. Su Resurrección es la promesa inscrita en la carne de que lo que le ocurrió a él nos ocurrirá a nosotros, y que desde ya esa vida nueva está actuando en el interior de la historia.

En la Carta a los Romanos, Pablo va más lejos: el bautismo es una inmersión en la muerte y resurrección de Cristo. «Fuimos sepultados con él por el bautismo en la muerte, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4). El resucitado no es solo alguien a quien admirar: es alguien en quien hemos sido insertados. La Resurrección no es un acontecimiento del pasado que contemplamos desde afuera; es un dinamismo que nos constituye desde dentro.

Y en Filipenses, desde la cárcel, Pablo formula su programa existencial con una belleza que estremece: «Para mí, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Flp 1, 21). Quien ha sido transformado por el Resucitado ya no vive para sí mismo. Vive para anunciar, para sanar, para construir. La Resurrección, para Pablo, no es un consuelo privado sino una misión pública.

«La Resurrección no es el final feliz de una tragedia. Es el comienzo de una vida que ninguna violencia puede extinguir» — Reflexión Pascual

III. Cinco compromisos para vivir como resucitados en Colombia

Creer en la Resurrección de Cristo no es una postura abstracta. En una Colombia marcada por más de medio siglo de conflicto armado, feminicidios cotidianos, violencia intrafamiliar que no para ni en Semana Santa, y una desesperanza que se ha instalado como clima cultural, vivir como resucitados implica compromisos concretos, encarnados, costosos. Aquí van cinco.

1

Elegir la esperanza como acto de resistencia

La desesperanza en Colombia no es solo un estado de ánimo: es, con frecuencia, el resultado de años de duelo acumulado, de promesas rotas, de líderes sociales asesinados y procesos de paz que naufragan. En ese clima, la esperanza no es ingenuidad. Es resistencia. Es el acto más subversivo que puede realizar un creyente.

Pablo escribe desde la cárcel —no desde un spa espiritual— que «la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Rom 5, 5). La esperanza cristiana no tiene como fundamento las encuestas ni los acuerdos de paz, aunque celebra cuando estos avanzan. Tiene como fundamento el sepulcro vacío. Y desde ese fundamento, el resucitado está llamado a plantar semillas de futuro donde otros solo ven ruinas.

Esto implica, concretamente, no desertarse de los procesos comunitarios, seguir creyendo en la posibilidad de la reconciliación cuando el cinismo dice que es imposible, y habitar el presente con la densidad de quien sabe que la historia no termina en el viernes.

2

Comprometerse con la reconciliación desde la verdad

La Resurrección no borra las heridas. Cristo resucitado conserva las llagas. Las muestra a Tomás, las ofrece como prueba, las convierte en señas de identidad (Jn 20, 27). La reconciliación cristiana no es amnesia histórica ni borrón y cuenta nueva. Es la valentía de mirar las heridas de frente, nombrarlas, y desde allí construir algo nuevo.

En Colombia, la reconciliación verdadera exige verdad, justicia y reparación. La Comisión de la Verdad —con toda su limitación humana— fue un intento de hacer lo que hizo Cristo con Tomás: mostrar las llagas para que sean reconocidas. Vivir como resucitados significa no tener miedo de ese proceso. Significa apoyar a las víctimas en su derecho a la memoria, acompañar a los excombatientes en su proceso de reintegración sin negar el daño causado, y trabajar porque las estructuras que producen violencia sean transformadas.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el perdón cristiano no excluye la búsqueda de justicia (cf. CIC 2302). Reconciliación sin verdad es impunidad disfrazada de virtud. El resucitado no nos pide eso.

3

Defender la dignidad de las víctimas de violencia

En Colombia, miles de mujeres viven su propio via crucis en el interior de sus hogares. La violencia intrafamiliar y de género no descansa en Semana Santa; muchas veces, se recrudece. Vivir como resucitados implica salir del sepulcro cómodo del silencio y ponerse al lado de quien sufre.

El texto del juicio final en Mateo 25 es categórico: el Resucitado se identifica con el hambriento, el forastero, el enfermo, el preso. «Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). No hay manera de confesar la Resurrección de Cristo y cerrar los ojos ante la mujer golpeada, ante el niño expuesto a la violencia doméstica, ante la comunidad desplazada que pierde su tierra por enésima vez.

Este compromiso tiene dimensiones personales —cómo tratamos a quienes conviven con nosotros— y públicas: si respaldamos políticas que protejan a las víctimas, si rompemos el silencio cómplice, si denunciamos cuando corresponde, si acompañamos sin juzgar a quienes están en situaciones de violencia. La Resurrección convoca a una ética de la cercanía.

4

Construir comunidad como signo del Reino

El Resucitado no se aparece a los discípulos de manera aislada para darles una revelación privada. Los congrega. Los envía. Les sopla el Espíritu. Forma comunidad. La experiencia pascual es, estructuralmente, comunitaria.

La individualización extrema que promueve la cultura contemporánea —y que en Colombia se mezcla con el desconfiar del vecino como mecanismo de supervivencia— es uno de los frutos más amargos de décadas de guerra. El tejido social se rompió. Vivir como resucitados implica tejer de nuevo. Parroquia, barrio, escuela, mesa familiar: cada espacio puede ser lugar de resurrección si en él se construyen relaciones de dignidad, escucha y cuidado mutuo.

Pablo describe a la comunidad cristiana como un cuerpo donde cada miembro es indispensable (1 Cor 12). Ningún colombiano es prescindible. Ni el más pobre, ni el más desplazado, ni el más estigmatizado. La comunidad resucitada es aquella que hace sitio donde antes había exclusión.

5

Ser testigos de la Pascua en lo cotidiano

Los discípulos de Emaús no organizaron un congreso teológico al reconocer al Resucitado. Hicieron algo sencillo y urgente: «Se levantaron al instante y volvieron a Jerusalén» (Lc 24, 33). El encuentro con el Resucitado mueve los pies. Transforma la dirección del camino.

El testimonio pascual no consiste en grandes gestos. Consiste en la calidad humana de lo ordinario: en cómo hablamos, en cómo escuchamos, en si somos capaces de guardar silencio cuando alguien necesita ser oído, en si devolvemos la dignidad con el trato cotidiano. En Colombia, donde el lenguaje público está tan frecuentemente enrarecido por la violencia verbal y la polarización, alguien que habla con verdad y con amor ya es un signo de Pascua.

El apóstol Pablo invita: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rom 12, 1). El cuerpo que trabaja con honradez, que consuela, que crea, que enseña, que perdona: ese cuerpo es ya, en el mundo, una proclamación de que la vida es más fuerte que la muerte.

Una nación que puede resucitar

Colombia no necesita que le digan que el sufrimiento tiene sentido. Eso sería insultante. Lo que Colombia necesita —lo que cada colombiano herido, cansado, desconfiado, necesita— es acompañamiento, verdad, justicia, y la certeza de que hay una fuerza más grande que la muerte operando en el corazón de la historia.

Esa fuerza tiene nombre. Tiene cara. Tiene llagas. Y el Domingo de Resurrección anuncia, con una obstinación que ningún sepulcro puede contener, que esa fuerza resucitó, que está viva, que camina con nosotros en el polvo de nuestros caminos, que nos llama por nuestro nombre y nos envía de vuelta a la ciudad con el corazón ardiendo.

Vivir como resucitados no es una metáfora edificante. Es el programa más radical que existe: elegir, una y otra vez, la vida. Elegirla en el voto por la paz, en el abrazo a la víctima, en la defensa del que no tiene voz, en la comunidad que se reúne a partir el pan, en la palabra justa que se dice cuando sería más cómodo callar.

«¡Aleluya! Porque el Señor, nuestro Dios Todopoderoso, ha establecido su reinado» — Apocalipsis 19, 6

El sepulcro está vacío. La piedra rodó. Y nosotros, en este rincón herido y bello de América Latina que llamamos Colombia, estamos llamados a ser los primeros en correr a anunciarlo.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

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